martes 1 de noviembre de 2011

NECESIDADES INNECESARIAS (por el Padre Carlos González Vallés)

Copio el texto publicado el 01/Nov/2011 en la Sección Meditación del sitio Web del Padre Carlos González Vallés www.carlosvalles.com
Sugiero la visita a este sitio, cuyas secciones se actualizan de manera quincenal, aunque conserva también las páginas publicadas con anterioridad.


NECESIDADES INNECESARIAS


La mejor manera de no quedarse anestesiados por el progreso es evitar las falsas comodidades, las necesidades innecesarias.
(Chamalú)

Fue una de las primeras cosas que oí cuando llegué a la India, y no me llamó la atención: “Puedo pasar sin ello: por eso lo dejo.” Lo decía un compañero mío de clase en la universidad y se refería a tomar el té, costumbre universal en la India, pero que él no seguía. Y no la seguía porque podía pasar sin ella. Gran principio. Lo había de oír mil veces después, y siempre golpea mi mente occidental con la simplicidad del gran principio que la enseñanza encierra. Me puedo pasar sin ello, luego lo dejo. Sin exagerar tampoco en extremos ascéticos. La vida es la vida y cosas pequeñas ayudan a veces a las grandes y todas son bienvenidas. Pero no exageradas. Y muchas veces el principio de pasarse sin ello nos protege y nos ayuda. Fuera lo que fuera, grande o pequeño, importante o mínimo, general o particular. Me puedo pasar sin ello. Y eso basta. No crearse “necesidades innecesarias.” Principio de vida. Sigue vivo en Oriente.

El consumismo nos consume. Más y más. Puedo tenerlo, luego lo tango. Lo opuesto de “puedo pasar sin ello, luego lo dejo”. Basta con verlo para desearlo, y con desearlo para comprarlo. Todos lo tienen. Es lo último. Es lo que se lleva. Lo he visto en el escaparate, en la revista de colores, en la tele, en casa del vecino. Luego ha de estar en la mía. No es que necesite el aparato. Probablemente no me servirá de nada. Lo que necesito es “tenerlo”. Esa es la necesidad innecesaria. No la necesidad del objeto en sí, sino la servidumbre publicitaria del efecto demostrativo. El deseo, la competencia, la envidia. El ansia de ser como todos, de no quedarse atrás, de no ser menos. La necesidad de tener.

Puede llegar a hacerse dura costumbre. El instinto de poseer se desborda y se aferra a todo lo que encuentra a su paso sin casi importarle de qué se trata. Adquirir, tener, usar, consumir. Se aprende desde pequeños, se refuerza con las demandas de la moda juvenil, crece al crecer la capacidad de adquirir, y atenaza con su crecimiento salvaje el desarrollo de la personalidad. La posesión y el consumismo ahogan a la persona.

Para salvar a la persona y a la sociedad es urgente que aprendamos la sobriedad satisfecha que sabe vivir en medio del ataque de los supermercados sin dejarse fascinar por ellos. Cuentan de Diógenes que, ya en sus tiempos, se paseaba por los mercados de Atenas sin comprar nada y decía a los que se interesaban por su visita al comercio: “Vengo para ver cuántas cosas no necesito.” Ya era esa la clave: no necesito. Y lo sigue siendo entre nosotros ahora más que nunca. Lo que nos falta es la mirada del sabio para ver sin dejarse atrapar. Turismo filosófico.

Dejar la taza de té. No importa que todos tomen. Yo no lo necesito. Puedo pasarme sin él. Y me paso. Secreto sencillo de existencia feliz. Se puede vivir sin té.